Capítulo 12

Instrucciones para escribir una fábula

De la política y los animales

 

De todos los animales que caminan sobre el mundo, que se arrastran bajo la tierra, que se deslizan en la profundidad del mar, quizás el más extraño de todos sea el animal humano. Al menos eso pensaba Emilio, el pangolín, cuando se le encargó escribir un libro para explicar las costumbres del bosque. Emilio contó la organización de las abejas y el trabajo colectivo de las hormigas, contó la paciencia de la tortuga y la velocidad de la serpiente, contó el asombro del mapache ante la noche y el canto de las aves madrugadoras. Y mientras contaba todo esto no dejaba de preguntarse por la necesidad de contar, ¿de dónde les venían a los animales esas ganas de hablar con historias? Pensó que las historias eran una buena forma de explicar el mundo, y cuando buscaba qué animal utilizar como protagonista para compartir este hallazgo fue imposible que no volviera una y otra vez al animal humano.

 

Si algo tenía el animal humano es que era curioso, que andaba siempre buscando explicaciones, y que inventaba siempre nuevas maneras de expresarlas. Si quería hablar de la curiosidad y de las historias, del poder del arte para contar cosas, de la capacidad de convertir un tema en una forma de expresión, tenía que contar esa historia desde el animal humano. ¡Pero era tan diferente a todos los demás animales! Ah, un buen desafío nunca había arredrado a Emilio, se puso las gafas sobre la gran nariz, tomó su pincel para escribir, y emprendió el reto.

 

 

Lo primero que vio fue una imaginaria Alicia (¿Alicia? ¡Sí, Alicia! Ese era un buen nombre) e imaginó sus ojos grandes abiertos frente al mundo. Todo lo que entraba por esos ojos, escribió Emilio, se convertía en preguntas. Los niños humanos pasan por una etapa donde preguntan siempre el porqué de las cosas. Para Alicia esa etapa no se había detenido nunca, y a las primeras preguntas habían seguido otras y luego otras, aumentando en complejidad a medida que crecía su mirada. ¿Y por qué andan los carros? ¿Y por qué el cielo es azul? ¿Y por qué no llueve para arriba? ¿Y por qué los niños visten azul y las niñas, rosa? ¿Y por qué existe la desigualdad? ¿Y por qué elegimos un presidente? ¿Y por qué se enojan las personas al hablar de política?

 

¡Ah! Esas eran las preguntas que Emilio quería que aparecieran en su fábula sobre las historias, preguntas aparentemente difíciles, preguntas con las que al menos en una primera impresión nadie iba a querer meterse. Entonces, ya tenía su primer humano, Alicia, y con ella las preguntas que iban apareciendo, rondándola, tomando forma. Ahora esas preguntas tenían que transformarse en historia. Emilio, que había crecido yendo a Estanque Cinema y que había aprendido a pintar con tarsio sabía que las historias se cuentan tanto con palabras como con imágenes, y mientras pensaba en esto fueron apareciendo en su cabeza otros dos humanos, fueron cobrando forma, fueron haciéndose presentes.

 

Necesitaba uno que convirtiera las preguntas de Alicia en historias, necesitaba otro que convirtiera esas historias en imágenes. “Porque lo que se cuenta así”, pensó, “queda en uno más hondo”. Y en la sombra de su pensamiento aparecieron, palabra e imagen, y les buscó nombres y los nombres fueron también apareciendo, como la montaña que late tras la niebla hasta que el sol despeja lejanías. Lucas, Daniela, eran ellos quienes contarían y trazarían las preguntas, quienes harían de la curiosidad palabra y color.

 

Lo vio todo Emilio, como si dentro de su cabeza la historia ocurriera en relámpagos. Vio a Alicia buscando cómplices para contar sus preguntas, la vio conversando con Lucas para pedirle que sumara sus palabras, la vio conversando con Daniela para que sumara sus dibujos, y vio que uno y otra le decían “sí”, y vio las conversaciones convertirse en búsqueda. Vio el taller de Daniela, como el del tarsio, con lápices desperdigados en los rincones y lienzos donde iban apareciendo los contornos. Vio las manos de Lucas, como las suyas mismas, siguiendo el giro del alfabeto para buscar la palabra que va después de otra palabra. Lo vio, ¿y qué era lo que escribían, y qué era lo que dibujaban, y cómo habían encontrado las preguntas de Alicia su molde ideal? La imaginación de Emilio se acercó a las hojas, para ver cómo contaban sus preguntas importantes los seres humanos, y lo que vio allí, lo que encontró, le sorprendió.

 

 

Sus personajes, Alicia, Lucas y Daniela, escribían sobre los demás animales del bosque. Había una historia sobre Agustina y su cámara para contar cómo la vida cotidiana puede ser terreno de representación y ejercicio de lo político en la pantalla de un cine. Había una historia sobre Indira, la nutria, donde se proponía a la amistad como un asunto necesario para la vida en comunidad. Había un cuento sobre Margarita, para preguntarse por las prácticas electorales; y uno sobre tortuga y la necesidad de la memoria en la construcción del presente; y otro sobre búho y la liberación de los libros como ejercicio de formación crítica; ¡había incluso uno sobre él, Emilio, el pangolín, y sus procesos de escritura!

 

Entonces fue claro. Pasaba como con los árboles y el bosque. Uno no podía ver el bosque si estaba con los árboles cerca, para ver el bosque completo había que alejarse. Subir a una montaña cercana, por ejemplo. Por eso para hablar de su escritura y de las historias, Emilio había empezado a pensar en los humanos, por eso sus personajes para hablar de política se le aparecían contando historias de animales: a veces necesitamos la excusa de la distancia, pero en el fondo, así como Emilio estaba hablando sobre él y los demás animales del bosque al hablar de los humanos, ellos estaban hablando de sí mismos cuando hablaban de los animales. Ese era el truco, ese era el gran giro que la imaginación permitía. Cuando imaginamos podemos traducir lo complejo en lo simple y al hacerlo nos atrevemos a contemplarlo desde otros puntos de vista.

 

Eso era, esa era la historia que iba a contar, la historia de Alicia y Lucas y Daniela que se reunían para contar lo complejo y lo maravilloso, lo sencillo y lo cotidiano, lo mágico y lo cercano. La historia de cómo siempre nos hemos hecho preguntas. La historia de cómo siempre hemos contado cuentos. La historia de cómo siempre hemos buscado la belleza. Emilio supo que tenía que escribir, y empezó a hacerlo, desde el comienzo, hasta el final. Convencido, eso sí, de que el último punto no era en realidad el fin de nada, porque toda buena historia se sigue contando siempre, porque toda buena historia no termina con un punto sino con un signo de interrogación.

 

Y tú, lector, ¿qué historia vas a contarnos?